Hay encuentros que enseñan más que muchos libros. Ocurren sin previo aviso, en una plaza cualquiera, en una calle silenciosa o bajo la sombra de un árbol. A mí me sucedió en Palau de Noguera, un pequeño pueblo pirenaico donde el tiempo parece discurrir a otro ritmo, menos acelerado y más atento a las estaciones, a la tierra y a los animales. Y pude comprender la organización  social de las abejas

Como urbanita acostumbrado al ruido, a las prisas y a la sobreabundancia de información superficial, jamás imaginé que una conversación casual pudiera convertirse en una auténtica lección de sociología, biología y filosofía de la vida. El maestro fue Caterino, un agricultor de ochenta y siete años que recorría las calles del pueblo sentado en su triciclo eléctrico.
La imagen era entrañable. Caterino avanzaba despacio, con la serenidad de quien ya no tiene nada que demostrar. Su vehículo disponía de un mando giratorio muy particular. En un extremo aparecía una tortuga; en el otro, una liebre. Entre ambos símbolos se desplegaban veinte kilómetros por hora de diferencia, suficientes para que él eligiera la velocidad adecuada según el momento. Aquella sencilla metáfora mecánica parecía resumir toda una filosofía vital: saber cuándo avanzar despacio y cuándo acelerar.
Durante toda su existencia había trabajado la tierra. Había cargado cereal bajo el sol abrasador del verano, preparado las viñas para cada temporada, alimentado a los numerosos animales de sus corrales y cultivado una huerta que, según él, seguía siendo la fuente de los alimentos más sanos y honestos que puede producir una familia.

El mentor de las  abejas
Pero entre todas sus actividades había una que evocaba con una mezcla de orgullo y nostalgia: la apicultura.
—Llegué a tener un centenar de colmenas —me explicó—. Había años que daban casi cien kilos de miel. Aquello valía oro.
Mientras hablaba, observé cómo sus ojos recuperaban el brillo de los recuerdos felices. Sin embargo, aquella época había quedado atrás. La edad, la aparición de nuevas enfermedades y la creciente dificultad para mantener las colonias terminaron por convencerlo de abandonar las colmenas.
—Las abejas ya no son como antes —decía moviendo lentamente la cabeza—. Entre las enfermedades, algunos depredadores, los cambios que ha sufrido el campo y las especies más agresivas que han ido apareciendo, cada vez daban menos. Y además, esto requiere mucha dedicación. Mis hijos no quisieron continuar.
No había reproche en sus palabras. Solo la constatación tranquila de que los tiempos cambian y de que cada generación elige sus propios caminos.
Fue entonces cuando la conversación tomó un rumbo inesperado. Yo creía estar hablando con un agricultor jubilado. Sin embargo, a medida que Caterino describía el funcionamiento de una colmena, comprendí que estaba escuchando a un observador privilegiado de una de las sociedades más complejas de la naturaleza.
—Las abejas viven organizadas mejor que nosotros —afirmó con convicción.
Aquella frase despertó inmediatamente mi curiosidad.
Para Caterino, la colmena era una auténtica comunidad política. Una sociedad jerarquizada donde cada individuo desempeña una función precisa y donde el interés colectivo prevalece siempre sobre el individual.
—Todo gira alrededor de la reina —explicó—. Ella es la que mantiene viva la colmena porque pone los huevos. Sin ella no hay continuidad.
La reina, mucho más grande que el resto de las abejas, apenas abandona su misión reproductora. Las obreras la alimentan, la limpian y atienden todas sus necesidades. Su trabajo consiste en garantizar la supervivencia de la comunidad mediante una incesante puesta de huevos.
Mientras lo escuchaba, no podía evitar establecer paralelismos con las sociedades humanas. Nosotros solemos considerar la libertad individual como uno de nuestros mayores logros. Sin embargo, las abejas han desarrollado un modelo radicalmente distinto, basado en la cooperación absoluta y la especialización extrema de cada miembro.
—Las obreras trabajan para todos —continuó—. Unas limpian, otras construyen, otras cuidan las larvas y otras salen al campo a recoger néctar.
No existe improvisación. No hay espacio para la indisciplina. Cada abeja parece conocer desde su nacimiento la función que deberá cumplir para sostener el conjunto.

Solo   una reina
Entonces le pregunté qué ocurría cuando aparecían dos reinas.
Caterino sonrió.
—Eso es un problema serio.
Guardó unos segundos de silencio antes de continuar.
—En una colmena solo puede haber una reina. Si surgen dos y permanecen juntas, termina habiendo guerra. Se atacan hasta que una de las dos muere. Por eso muchas veces hay que separarlas.
Aquella explicación, sencilla pero contundente, parecía encerrar una reflexión universal sobre el poder. Incluso en la sociedad aparentemente perfecta de las abejas, la coexistencia de dos centros de autoridad resulta difícil.
Más tarde describió el proceso mediante el cual nacen las nuevas generaciones.
Los huevos son depositados cuidadosamente en las celdillas del panal. Allí permanecen protegidos hasta convertirse en larvas. Las obreras sellan las celdas con cera y continúan vigilando el desarrollo de las futuras abejas. Pasado el tiempo necesario, los nuevos individuos emergen para incorporarse a la vida colectiva y asumir las tareas que les correspondan.

La universidad de la  vida
Mientras Caterino hablaba, comprendí que su conocimiento no procedía de manuales ni de estudios universitarios. Era el resultado de décadas de observación paciente, de madrugones, de fracasos y de éxitos acumulados junto a las colmenas. Había aprendido directamente de la naturaleza.
En las ciudades solemos asociar el conocimiento con los títulos académicos y las instituciones. Sin embargo, existen saberes silenciosos que nacen del contacto cotidiano con la realidad. Son conocimientos que no siempre aparecen en los libros, pero que permiten comprender aspectos esenciales de la vida.
—¿Y a usted no le picaban? —le pregunté, imaginando decenas de abejas revoloteando alrededor de su cabeza cada vez que abría una colmena.
Caterino sonrió con la tranquilidad de quien ha escuchado la misma pregunta durante toda la vida.
—Claro que me picaban alguna vez. Pero mucho menos de lo que la gente cree.
Aquella respuesta abrió una nueva puerta en la conversación. Siempre había pensado que la relación entre el apicultor y las abejas era una especie de combate permanente, una lucha desigual entre un hombre protegido con velo y guantes y miles de insectos armados con aguijones. Sin embargo, Caterino me explicó que la realidad era mucho más compleja.
—Las abejas notan quién llega nervioso y quién llega tranquilo.
No era una afirmación científica en sentido estricto, sino la conclusión de una vida entera observándolas. Según él, las abejas perciben las vibraciones, los movimientos bruscos, los olores intensos y las alteraciones del entorno. Un visitante inquieto, temeroso o agresivo genera una perturbación que la colonia interpreta como una amenaza.
—Si vas con miedo, ellas lo notan. Si vas a golpearlas o a molestarlas, también.
Me sorprendió escuchar aquellas palabras. Parecía estar describiendo relaciones humanas más que comportamientos animales.
Pensé entonces que, de alguna manera, las colmenas funcionan como las comunidades humanas. Los grupos detectan rápidamente a quien llega con voluntad de colaborar y a quien llega dispuesto a imponer, alterar o aprovecharse de los demás. No es cuestión de palabras; es una percepción más profunda, una lectura de gestos, actitudes y comportamientos.
—Yo las conocía —continuó—. Sabía cuándo estaban tranquilas, cuándo estaban trabajando bien y cuándo algo no iba como debía.
Aquello me hizo comprender que entre el apicultor y sus abejas se desarrolla una forma de lenguaje silencioso. No hay palabras ni órdenes, pero sí señales, rutinas y reconocimientos mutuos construidos durante años.

La  vida de la colmena y la comunidad  de vecinos
Quizá el lenguaje de las abejas y el de los humanos no sean tan diferentes. Nosotros también hablamos mucho más con nuestras actitudes que con nuestras palabras. La confianza, el respeto o la hostilidad suelen percibirse antes de que pronunciemos una sola frase.
Para Caterino, abrir una colmena no era muy distinto de entrar en una reunión vecinal donde todos se conocen desde hace décadas. Había que hacerlo con prudencia, sin sobresaltos y respetando las normas de una comunidad que ya existía mucho antes de su llegada.
—Las abejas te enseñan paciencia —dijo finalmente—. Si quieres ir deprisa, te equivocas. Ellas tienen su tiempo.
Aquella frase resonó en mí con fuerza. En la ciudad vivimos convencidos de que la velocidad equivale al progreso. Las abejas, en cambio, construyen una sociedad extraordinariamente eficiente mediante miles de pequeñas tareas repetidas con constancia. Ninguna busca destacar. Ninguna persigue el beneficio personal. El éxito pertenece siempre al conjunto.
Tal vez por eso Caterino hablaba de ellas con tanto respeto. Después de una vida observándolas, había descubierto que una colmena es algo más que una fábrica de miel. Es una lección permanente sobre cooperación, disciplina, comunicación y sentido de comunidad. Valores que las sociedades humanas proclaman con frecuencia, pero que pocas veces practican con la misma naturalidad que esos pequeños insectos dorados.
A medida que avanzaba la conversación, comprendí que para Caterino la colmena no era únicamente una sociedad bien organizada. Era también una economía perfecta, una ciudad autosuficiente donde nada se desperdicia y donde cada recurso es aprovechado hasta el límite.
—La gente cree que las abejas hacen miel porque sí —me dijo—, pero la miel es su despensa, su almacén para los tiempos difíciles.
Aquella observación me hizo pensar en los antiguos campesinos que llenaban graneros y bodegas para afrontar los largos inviernos. Las abejas hacen exactamente lo mismo. Durante la primavera y el verano recorren miles de flores buscando néctar. Cada obrera visita centenares de ellas cada día, cargando pequeñas cantidades en una especie de estómago destinado exclusivamente al transporte.
—Cuando vuelven a la colmena todavía no es miel —aclaró Caterino—. Es como una materia prima.

Una  factoria natural
Dentro de la colmena comienza entonces un trabajo colectivo de transformación. Las obreras intercambian el néctar unas con otras, lo enriquecen con enzimas naturales y lo van depositando en las celdillas del panal. Mediante el movimiento constante de sus alas generan corrientes de aire que eliminan parte de la humedad. Poco a poco aquel líquido se espesa hasta convertirse en miel.
—La miel no la hace una abeja sola. La hace toda la comunidad.
Aquella frase encerraba una enseñanza profundamente humana. Muchas veces atribuimos los logros a individuos concretos, cuando en realidad los grandes resultados suelen ser fruto de la cooperación silenciosa de muchas personas.
También me explicó la diferencia entre la miel y la cera, dos productos que solemos asociar sin distinguirlos.
—La miel es comida. La cera es material de construcción.
Las abejas producen la cera a partir de unas pequeñas glándulas situadas en su abdomen. De ellas surgen diminutas escamas blanquecinas que mastican y moldean pacientemente hasta construir los panales.
—Son arquitectas mejores que nosotros —afirmó sonriendo.
Y no le faltaba razón. Los hexágonos de los panales constituyen una de las estructuras más eficientes de la naturaleza. Permiten almacenar la máxima cantidad de alimento utilizando la mínima cantidad de material. Ningún ingeniero rural de los que conoció Caterino habría desaprovechado menos espacio.
Aquello me llevó nuevamente a comparar la colmena con una ciudad humana. Nosotros construimos viviendas, almacenes, carreteras y mercados. Las abejas levantan panales, guardan reservas y organizan sus espacios con una precisión matemática asombrosa. La diferencia es que ellas lo hacen sin arquitectos visibles, sin alcaldes y sin reuniones interminables.
—Todo está pensado para el bien común —dijo.

A la  búsqueda de las  mejores  flores
Luego le pregunté cómo encontraban las flores.
La respuesta me sorprendió todavía más.
—Se avisan unas a otras.
Cuando una exploradora descubre una zona rica en flores, regresa a la colmena y realiza movimientos específicos que indican dirección y distancia. Es una especie de lenguaje corporal que permite a miles de compañeras orientarse hacia los mejores recursos.
—Bailan para explicarse las cosas.
La imagen resultaba fascinante. Mientras los humanos utilizamos discursos, teléfonos móviles y redes sociales, las abejas comunican información vital mediante movimientos repetidos sobre un panal.
Pensé entonces que toda sociedad necesita compartir información fiable para sobrevivir. Cuando la comunicación falla, aparecen el desorden y los conflictos. Las abejas parecen haber comprendido esa lección mucho antes que nosotros.
—Y en invierno, ¿qué hacen? —pregunté.
Caterino levantó la vista hacia las montañas que rodeaban el pueblo.
—Resistir.
Durante los meses fríos apenas salen al exterior. Se agrupan formando una esfera compacta alrededor de la reina y generan calor mediante el movimiento de sus músculos. Mientras fuera la nieve cubre los campos y las flores desaparecen, ellas viven gracias a la miel acumulada durante los meses de abundancia.
Aquella imagen tenía una fuerza extraordinaria. La comunidad sobreviviendo gracias al esfuerzo realizado cuando las condiciones eran favorables.
—Las abejas enseñan una cosa muy importante —concluyó Caterino—. Hay que trabajar cuando hay recursos y guardar para cuando no los haya.
Era una lección que nuestros abuelos conocían bien y que tal vez las sociedades modernas, acostumbradas a la inmediatez y al consumo permanente, han olvidado en parte. Las abejas no viven para el presente. Trabajan pensando en el futuro. No producen solo para ellas mismas, sino para las generaciones que vendrán después.
Quizá por eso las observaba con tanta admiración. En aquellos pequeños insectos veía reflejados valores que habían sostenido durante siglos la vida de los pueblos: el esfuerzo compartido, la previsión, la solidaridad, la disciplina y el compromiso con la comunidad. Valores que, como la miel bien guardada en los panales, siguen siendo un tesoro cuando llegan los inviernos de la vida.

La   vida efímera de la abeja
Antes de despedirnos, cuando la conversación parecía agotarse por sí sola, le hice una última pregunta a Caterino.
—¿Y cuánto vive una abeja?
El anciano se quedó unos segundos pensativo, como quien busca un dato en la memoria de toda una vida.
—Muy poco. En verano apenas unas semanas. Trabajan tanto que se desgastan ellas mismas.
Aquella respuesta me sorprendió. Yo había imaginado que una abeja podía vivir años. Sin embargo, Caterino me explicó que la vida de una obrera suele durar apenas entre un mes y dos meses durante la época de mayor actividad. Las que nacen en otoño pueden sobrevivir más tiempo para ayudar a la colmena a pasar el invierno, pero aun así su existencia resulta extraordinariamente breve.
—Nacen, limpian, construyen, alimentan a las larvas, salen a buscar flores y un día ya no vuelven.
Me impresionó la sencillez con la que lo dijo.
—¿Y dónde mueren?
Caterino sonrió.
—La mayoría lejos de casa.
Aquella respuesta encerraba una belleza inesperada.
Las abejas obreras suelen morir durante sus vuelos. El desgaste de miles de kilómetros recorridos entre flores termina agotando sus alas. Muchas caen en un campo, sobre una planta, en un camino o junto a una acequia. Otras son capturadas por aves, arañas o insectos depredadores. Pocas regresan a la colmena para morir.
—Es como si supieran que no deben ser una carga para las demás.
No sé si aquello era exactamente cierto desde el punto de vista biológico, pero sí expresaba una verdad profunda que Caterino había extraído de décadas observándolas.
Mientras regresaba a casa pensé en esa imagen. Una abeja dedica toda su vida al bienestar de la comunidad. Trabaja sin descanso, produce alimento que quizá nunca llegue a consumir, construye estructuras que disfrutarán generaciones posteriores y finalmente desaparece en silencio, lejos del hogar que ayudó a sostener.
Aquello me recordó a muchas personas de los pueblos. Hombres y mujeres que dedicaron su vida a cultivar tierras, levantar casas, criar hijos y mantener comunidades enteras sin esperar reconocimiento alguno. Como las abejas, dejaron tras de sí una obra colectiva más importante que su propia existencia, pero cobrando la pensión y gozando de los favores de los servicios sociales
Quizá por eso Caterino sentía tanta admiración por ellas. Porque en aquellos pequeños insectos veía reflejada una antigua virtud campesina: la conciencia de que la vida individual es breve, pero que el trabajo bien hecho permanece y sirve a quienes vienen después.
Las abejas no conocen la gloria ni la fama. Tampoco conocen el ego. Su recompensa es que la colmena continúe viva.
Y tal vez esa sea una de las lecciones más profundas que la naturaleza todavía puede enseñar a los seres humanos.

Al despedirme de Caterino, vi cómo ajustaba el mando de su triciclo unos grados más cerca de la tortuga que de la liebre. Después continuó su recorrido por las calles de Palau de Noguera.
Yo me quedé pensando en las abejas, en sus complejas estructuras sociales y en aquella inesperada lección recibida en un rincón del Pirineo como una master class que ni siquiera se da en las aulas. Pero sobre todo pensé en Caterino, un hombre que había dedicado su existencia a observar la tierra y sus criaturas, y que, sin proponérselo, me había recordado algo fundamental: que la verdadera sabiduría suele habitar lejos del ruido y que, a veces, basta sentarse a escuchar para descubrir mundos enteros escondidos tras las palabras de un anciano agricultor.

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