Ávila del Rey, de los Caballeros y de los Leales, asi lo recoge el escudo que la preside, pero su mayor gloria está ligada al siglo de oro español

En un promontorio del Rio Adaja a 1131 metros sobre el nivel del mar, dominando al norte la llanura Castellana y al sur el Sistema Central, se levanta Ávila, la capital de provincia más alta de España.
Tres son los títulos que luce su escudo, del Rey por defender a Alfonso VII cuando era niño de los intereses espurios de su padrastro Alfonso I El Batallador de Aragón. De los Leales porque Alfonso VIII halló refugio entre sus muros, desde los cinco años hasta los once en su huida de la persecución de su tío Fernando II de León. De los Caballeros al haberse encomendado al Obispo de Ávila Sancho Blazquez Dávila la custodia del Rey niño Alfonso XI, hasta que su abuela María de Molina asumió la regencia.
No se tienen noticias ciertas de los orígenes de Ávila, la documentación que ha llegado a nuestros días indica que los Vetones fueron la primera población estable. Su privilegiada ubicación de gran valor estratégico y militar fue motivo sin duda del interés de Roma en urbanizarla, también de su condición de Sede Episcopal en el Reino Visigodo durante los siglos V al VIII.
La invasión musulmana y el comienzo de la Reconquista desde las tierras del norte, convierte Ávila en frontera, tierra de nadie o no tan de nadie, si tenemos en cuenta que por su condición de plaza fuerte de relevancia geográfica sufrió continuas incursiones de unos y otros atendiendo a intereses militares, defensivos, o simplemente en busca de botín.
Como es de suponer la ruina y el abandono propias de las acciones de guerra impidieron cualquier intento de asentamiento estable de población, hasta que, en 1085 Alfonso VI de Castilla y de León reconquista Toledo. Ávila pasa a ser retaguardia, territorio de protección del avance al Tajo, recuperando su antiguo valor estratégico.
La repoblación es encomendada por el monarca a su yerno Raimundo de Borgoña casado con su hija Urraca. El inicio de reconstrucción de la ciudad se data en 1092, comenzando con la edificación de la muralla y la Catedral de El Salvador.
Gentes venidas del norte peninsular serán los nuevos moradores de Ávila, con el tiempo, la nobleza abulense que durante los siglos XII al XV estará presente en acontecimientos políticos y militares, no en vano la ciudad será una de las diecisiete con derecho a voto en las Cortes de Castilla
La vinculación con la Corona alcanza su punto culminante con Isabel La Católica que nació en Madrigal de las Altas Torres en 1451, pasó su infancia en Arévalo de 1454 a 1461, fue jurada Princesa de Asturias el 19 de septiembre de 1468 en los Toros de Guisando (El Tiemblo); seguro que, todas estas circunstancias fueron decisivas para que, Ávila fuera el refugio de la Reina en épocas convulsas de su vida.
No puede interpretarse como una casualidad que el Monasterio de Santo Tomás de Ávila sea un monumento representativo de los Reyes Católicos. Fundación de Hernán Nuez de Arnalte, su tesorero y secretario, fue esencial la aportación de fondos de la Corona para la construcción de la iglesia que, con el tiempo sería lugar de enterramiento del Príncipe Juan, y de la parte destinada a Palacio de verano de los Reyes.
El siglo XVI fue el momento de máximo esplendor abulense en todos los ámbitos, político, social y religioso. El auge de la ciudad y su relevancia en los acontecimientos de ese momento, propician la construcción de edificios civiles residencia de familias nobles, y religiosos iglesias y monasterios que hoy son un tesoro artístico único en el mundo.
MONUMENTO A SANTA TERESA PLAZA DE SANTA TERESA O DEL MERCADO GRANDE 2

Santa  Teresa el personaje por excelencia de  Avila

Pero por encima de todo es el tiempo de Santa Teresa de Jesús que, imprimirá su carisma de forma indeleble en la ciudad. Nacida el 28 de marzo de 1515, hija de Don Alonso Sánchez de Cepeda y Doña Beatriz de Ahumada, fue bautizada en la Iglesia de San Juan Bautista, de origen románico reformada en estilo gótico, en su interior se conserva la pila donde recibió el sacramento del bautismo.
La Santa como dicen los abulenses, en su infancia era aficionada a los libros de caballería y las vidas de santos, llegando a planear con su hermano Rodrigo una escapada a “tierras de moros”, fueron descubiertos por su tío Francisco de Cepeda en el humilladero de Los Cuatro Postes, esplendido mirador de la ciudad y reintegrados al hogar familiar.
El 2 de noviembre de 1535 con veinte años ingresa en el Convento de La Encarnación, donde permanecerá hasta el 24 de agosto de 1562 fecha de su primera fundación, el Convento de San José en Ávila. Después vendrán Medina del Campo (1567), Malagón (1568), Valladolid (1568), Toledo (1569), Pastrana (1569), Salamanca (1570), Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas de Segura (1575), Sevilla (1575), Caravaca de la Cruz (1576), Villanueva de la Jara (1580), Palencia (1580), Soria (1581), Granada (1582) y Burgos (1582), en total diecisiete conventos.
Santa Teresa, figura destacada en la literatura del Siglo de Oro, El Libro de la Vida, Camino de Perfección, Las Moradas del Castillo Interior, Las Fundaciones, fruto de sus experiencias interiores, son la muestra de su inconmensurable obra que pone de manifiesto la personalidad de esta gran mujer, beatificada por Pablo V en 1614, canonizada en 1622 por Gregorio XV, y en 1970 Doctora de la Iglesia por Pablo VI.
Sobre las ruinas de su casa natal en el siglo XVII se construyó en estilo barroco carmelitano lo que hoy es la Iglesia y Museo que nos acerca al entorno familiar y social en el que vivió.
En 1561 Felipe II traslada la Corte a Madrid, el desplazamiento de la nobleza a la nueva capital del reino, marca el inicio de la decadencia de Ávila, acentuada con el declive del Imperio que tanto perjudicó a la economía de Castilla, la emigración a América, a lo que se añadieron sucesivamente pestes y epidemias que hicieron el resto.
Visitar Ávila es una lección de historia, de reencuentro con nuestro pasado, que sin duda nos ayudará a comprender quienes somos el legado que hemos recibido y que tenemos el deber de transmitir.

Una  de las pocas  ciudades españolas totalmene  amurallada

Vista Panoramica de AvilaLa muralla es el mejor punto de partida para nuestro paseo por su condición de santo y seña de identidad de la ciudad. Con un perímetro más o menos de dos kilómetros y medio podemos recorrer unos mil setecientos metros. Nos esperan mil quinientas almenas, ochenta y siete cubos o torreones y nueve puertas de entrada: del Alcázar o del Mercado Grande, testigo del destronamiento figurado de Enrique IV de Castilla, la Farsa de Ávila. La más solemne la Puerta de la Catedral, la de los Leales o del Peso de la Harina, la de San Vicente, la del Mariscal en recuerdo de Álvaro Dávila, Mariscal de Juan I de Castilla, del Carmen donde contemplamos la espadaña del antiguo convento del mismo nombre, de la Mala Ventura, de La Santa , del Rastro, y del Puente.
Adosada a la misma muralla uno de los cubos es el ábside, la Catedral, Monumento Histórico Artístico desde el 31 de octubre de 1914, proyectada como templo fortaleza en estilo románico de transición y gótico. La mayoría de los historiadores fechan el comienzo de su construcción en el siglo XII, coincidiendo con la repoblación. Se atribuye al Maestro Fruchel la cabecera formada por la capilla mayor, girola de doble nave y capillas radiales, mientras que las tres naves, capillas adyacentes y el remate de las torres son de los siglos XIII al XVI. En el interior destaca el sepulcro de Alonso Fernández de Madrigal, conocido por El Tostado Obispo de Ávila, (1512) de Vasco de la Zarza y el Retablo Mayor de Berruguete.

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Ávila cuenta con una importante muestra de iglesias románicas situadas en su mayoría extramuros frente a las puertas o arcos de la muralla. San Pedro cerrando el Mercado Grande con su hermoso rosetón en la fachada principal mirando a la Puerta del Alcázar. Bellísimos capiteles nos sorprenderán en San Andrés, y no nos defraudarán las Ermitas de Nuestra Señora de la Cabeza, la de San Segundo primer Obispo de la ciudad, con el sepulcro del Santo joya de alabastro obra de Juan de Juni del siglo XV, y San Nicolás con su peculiar torre cuadrada.
Mención especial merece la Basílica de San Vicente, cuya construcción se inició en época del románico terminando en un gótico naciente. Su belleza es impresionante, llamando la atención en el exterior El Pórtico de la Gloria, y en el interior el sepulcro de los Santos Vicente, Sabina y Cristeta, los tres hermanos martirizados en Ávila durante la persecución de Diocleciano.
Intramuros se encuentra la Iglesia de Santo Tomé el Viejo, convertida en museo guardando en su interior numerosas piezas que hablan de la historia de la ciudad, y la Iglesia de San Esteban.
De interés son la Capilla de Mosén Rubí, los Conventos de San Antonio, Santa Ana con bellísimos claustros y actual sede de la Junta de Castilla y León, la Iglesia de Santiago y la Ermita de las Vacas.
A unos cinco kilómetros en la carretera de Toledo, encontraremos la Ermita de Nuestra Señora de Sonsoles, mandada construir por Doña María Dávila en el siglo XV.
Los numerosos palacios que han llegado a nuestros días dejan constancia del pasado esplendor de la ciudad. Sus fachadas y patios son testimonio vivo de la evolución de la arquitectura civil abulense. Núñez Vela, Almarza, Caprotti, Torreón de los Guzmanes, Dávila, Valderrábanos, Marques de Velada, Antiguo Palacio Episcopal, Águila, Verdugo, Bracamonte, Juan de Henao, Polentinos, de los Serrano, y el ya citado Palacio Real de Santo Tomás, completan la muestra que no dejará al viajero indiferente.

La  gastronomia  avulense es rica en carnes, verduras y dulces
Y después del paseo no hay más remedio que reponer fuerzas, para ello la gastronomía abulense ofrece platos sabrosos elaborados con productos autóctonos, legumbres, verduras y carnes de su excelente cabaña ganadera, el chuletón de ternera de la raza avileña-negra ibérica, lechazo o cochinillo asado. Precedidos de las pertinentes patatas revolconas, sopa castellana, o judías del Barco de Ávila con morcilla, chorizo, panceta y costillas. Y de postre como no las yemas de Santa Teresa, pequeñas bolas de yema presentadas sobre una tartaleta, elaboradas con almíbar preparado con canela, limón, agua y azúcar. Y qué decir de los vinos abulenses de Cebreros, variedad albillo, denominación de origen protegida, que paso a paso ganan protagonismo, imponiéndose por su calidad, todo un placer por descubrir.
Ávila Patrimonio de la Humanidad desde 1985, en sus edificios, monumentos, y calles, el tiempo se detiene, ciudad histórica para contemplar y vivir desde diversas perspectivas, intramuros, extramuros y en la distancia. Un solo día no es suficiente para conocerla, sus piedras milenarias nos sorprenderán en cada visita ofreciéndonos una nueva e intensa experiencia.

 *Doctora en Derecho, Abogada.