Comunicación portada

A veces no fallan las palabras, sino la forma en que interpretamos lo que ocurre entre líneas.

¿Alguna vez te pasó estar en una reunión con un cliente o brindando una charla, y al terminar te quedó una sensación extraña? No hubo conflicto ni incomodidad explícita. La conversación fue “correcta”. Simplemente algo un fluyó.

Al principio lo justificas fácilmente: no era el momento, no hubo conexión. Pero luego esa explicación no cierra del todo. Y aparece la pregunta incómoda: ¿y si no era la otra persona… sino la forma en la que estabas intentando comunicarte?

Esa pregunta nos obliga a revisar algo que solemos dar por hecho; si nuestro método sirvió antes, debería servir siempre.

Pero las personas no funcionamos de esa manera. No todos procesamos la información igual, ni nos sentimos cómodos con los mismos ritmos, ni respondemos de la misma forma ante una conversación.

Sin embargo, nos expresamos como si existiera un único camino correcto de hacerlo. Y ahí empiezan los desajustes.

A veces esperamos respuestas rápidas y la otra persona necesita tiempo. Otras veces interpretamos el silencio como desconexión, cuando en realidad es procesamiento. Incluso usamos formatos que para nosotros son cómodos, pero para otros resultan abrumadores.

No son errores evidentes, son supuestos. Y los supuestos no cuestionados se convierten en barreras invisibles.

Comunicación_esquemas_objetivos.jpg

Con el tiempo entendí que muchas de esas incomodidades no tenían que ver con falta de voluntad del otro, sino con la rigidez de mis propios formatos.

Desde esa perspectiva, ocurrió el clic: para comunicarme no solo debo tener intención o experiencia, también debo saber adaptarme.

Esto nos lleva a un punto clave: la accesibilidad. No como algo técnico o estructural, sino como una forma de relación. Lo que es accesible para una persona puede ser una barrera para otra. La accesibilidad no es lo estándar. Es lo adaptable.

Y para eso, dejar de asumir y empezar a preguntar es el primer paso: ¿Qué formato te resulta más cómodo?, ¿Necesitas más tiempo?, ¿Prefieres escribir en lugar de hablar?

Preguntas simples, que no solo transforman la dinámica, sino que también implica aceptar lo difícil, no siempre tenemos el control de cómo el otro necesita interactuar. Y eso está bien.

Con el tiempo empecé a modificar cosas pequeñas: consultar, dar opciones, ser flexible. No porque todo estuviera mal, sino porque no todo es universal. Y en ese contexto, el cambio real sucedió, la incomodidad se convirtió en una señal de ajuste.

Quizás la clave no esté en evitar esas situaciones incómodas, sino en aprender a interpretarlas mejor. Porque al final, comunicarse no es aplicar una fórmula, sino entender que la persona que tenemos enfrente no tiene por qué adaptarse a nuestra forma de hacer las cosas, sino que somos nosotros quienes debemos estar dispuestos a observar cómo necesita estar en esa interacción.

Escribir un comentario