La transformación digital acelera nuevos modelos de gestión turística y sitúa la innovación como eje clave de competitividad en el sector.

Mucho antes de llegar a un destino, el viajero tomó casi todas las decisiones importantes. Comparó vuelos, eligió alojamiento, leyó opiniones y guardó en el teléfono los restaurantes que quiere visitar. Quizá contrató el transporte desde el aeropuerto y pidió a una aplicación que organizara su itinerario. Al aterrizar, buena parte de la experiencia fue definida por empresas que no necesariamente operan en el destino.

El viajero cambió, la intermediación se volvió digital y la competencia adquirió una dimensión global. Las reglas del juego, sin embargo, todavía responden a la industria anterior.

Durante décadas, la actividad turística se organizó alrededor de intermediarios identificables. La agencia vendía el viaje, el hotel recibía al huésped, el taxista lo transportaba y el guía mostraba el destino. Esas funciones no desaparecieron, pero dejaron de estar separadas. Una misma pantalla permite comparar, reservar, pagar y evaluar.

El viajero parece decidir por sí mismo, pero sus opciones dependen de plataformas que ordenan la oferta y administran la visibilidad. Nunca tuvo tanta información a su alcance; pocas veces estuvo tan concentrada en sistemas que hoteles, agencias, transportistas, guías y destinos no controlan.

La transformación también elevó las expectativas. Ahora esperamos conocer el precio de antemano, recibir confirmación inmediata de una reserva y modificarla desde cualquier lugar. Lo que hace quince años parecía una ventaja tecnológica se convirtió en el nivel mínimo de servicio aceptable.

Las empresas tradicionales tuvieron que adaptarse. Los hoteles reforzaron la reserva directa, aunque aumentó su dependencia de las agencias de viajes en línea. Los taxis incorporaron aplicaciones o compitieron con nuevos modelos de movilidad. Las agencias apostaron por aquello que una plataforma no resuelve con facilidad: asesoramiento, especialización y respuesta ante imprevistos. Incluso los pequeños comercios aprendieron el peso de la valoración de un desconocido.

Los beneficios son innegables. Viajar se hizo más sencillo, la información redujo la incertidumbre y muchos negocios pequeños encontraron una vitrina que antes no tenían. Un alojamiento apartado de los circuitos tradicionales puede acceder a visitantes de otros continentes y un guía independiente puede ofrecer directamente una excursión.

Pero la comodidad no eliminó los costos; en muchos casos los trasladó. Las comisiones y las condiciones de visibilidad pesan sobre hoteles y prestadores. Los nuevos modelos de alojamiento y transporte crean oportunidades, pero desdibujan responsabilidades laborales, fiscales y regulatorias. La plataforma captura parte del valor; el destino administra sus consecuencias.

En ciudades históricas, islas y territorios con recursos limitados, esa cuenta es más exigente. Allí el crecimiento no puede medirse solo por llegadas, noches reservadas o gasto. También importa cuánto empleo estable produce, qué oportunidades crea, cuánto valor permanece en la comunidad y si los servicios, el patrimonio y el entorno pueden sostener ese ritmo.

No se trata de responsabilizar al turista. Quien elige una alternativa más rápida, económica o conveniente actúa de manera comprensible. El problema aparece cuando millones de decisiones racionales producen un resultado colectivo no planificado, que las instituciones advierten cuando ya forma parte de la normalidad.

Muchas reglas fueron concebidas para otra industria. Todavía intentamos clasificar actividades que ya no caben en las categorías anteriores: un apartamento puede ser vivienda parte del año y alojamiento turístico el resto; un vehículo puede prestar un servicio mediante una plataforma global; una zona residencial puede convertirse en uno de los lugares más visitados de la ciudad.

El debate suele caer en dos extremos: detener cualquier modelo que altere el orden existente o asumir que toda regulación obstaculiza la innovación. Ninguna respuesta basta. Prohibir no hará que el viajero renuncie a la transparencia y la autonomía. Dejar que el mercado se ordene solo tampoco garantiza competencia justa, protección laboral o una distribución equilibrada de los beneficios.

Gobernar el nuevo turismo exige responsabilidades comparables para actividades equivalentes, datos que permitan anticipar la presión sobre los destinos y mecanismos para que más valor permanezca en las comunidades. También exige escuchar al sector y a quienes viven en los lugares visitados.

El turismo continuará transformándose. La inteligencia artificial organizará viajes cada vez más personalizados y aparecerán nuevas maneras de alojarse, desplazarse y conocer un lugar. Buena parte del cambio ya ocurrió. Falta saber si construiremos reglas a la altura del viajero que hemos creado.

Las próximas reglas tendrán que reconocer que, para el viajero, hoteles, viviendas, vehículos y excursiones forman parte de un mismo sistema.

El futuro del turismo dependerá de cuánto valor permanezca en el destino y de que quienes hacen posible la experiencia puedan vivir, trabajar y reconocerse en él.

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